El fantasma de Seebeck     
Por JAVIER LINARES

El ardid de un ingenioso empresario inundó el mundo de reimpresiones de sellos.

 

En los últimos tiempos se ha alzado una nueva bandera y se ha proclamado una nueva cruzada en el mundo de la filatelia: la cruzada contra las emisiones abusivas e ilegales de sellos. Seguramente la mayor plaga de su historia y el mayor azote para el coleccionismo filatélico. Me refiero a las emisiones creadas, impresas y comercializadas por agentes poco escrupulosos en connivencia con determinadas Administraciones postales o, en el caso de las emisiones ilegales, en un claro acto de piratería destinada a confundir y defraudar a los coleccionistas.
Una conferencia internacional celebrada el pasado mes de septiembre en Lisboa ha lanzado la voz de alarma sobre esta nueva amenaza al coleccionismo filatélico. Ello va a constituir un de inflexión en la lucha contra esta lacra que no conoce fronteras. A partir de Lisboa, la actividad de quienes diseñan, imprimen y distribuyen las emisiones abusivas o ilegales van a verse dificultada por una creciente presión de las instituciones postales y filatélicas y por una serie de medidas judiciales y policiales que están ya en marcha y con las que se pretende erradicar en poco tiempo esta moderna plata de nuestra afición.
Moderna pero no única. Existe un precedente histórico que se remonta a algo más de un siglo y que, en aquella ocasión, tuvo un solo protagonista, todavía abominado universalmente en el mundo de la filatelia. Se llamaba Nicholas F. Seebeck, era un comerciante filatélico en Nueva York y a la vez empleado en la firma Hamilton Bank Note Company, impresora de efectos bancarios y de seguridad, lo que lo colocaba en una posición ideal para imprimir y suministrar sellos a potenciales clientes.

Un ingenioso plan.

A título personal, concibió un complicado e ingenioso plan, que ofreció a las autoridades postales de muchos países de Latinoamérica: imprimiría sus sellos gratis o a bajísimo costo y, a cambio, conservaría las planchas originales y todos los sellos invendidos al término de su período de validez, reservándose el derecho de venderlos a través del comercio filatélico sin limitación temporal.
Varios países, aunque parezca mentira, sucumbieron a la tentadora oferta. Fue aceptada por Ecuador (1892-96), Honduras (1890-99), Nicaragua (1890-99) y El Salvador (1890-99). Una vez asegurados los contratos, Seebeck suministró cuatro series diferentes a Ecuador, cinco a Honduras, nueve a Nicaragua y diez a El Salvador. Parte del negocio consistía en la renovación frecuente de nuevas emisiones, lo que ocurría cada año, para invalidar o desmonetizar las anteriores. Todas estas emisiones resultan distintivas por su magnífica calidad estética y de impresión, y reproducen motivos de interés local, paisajes, retratos de personalidades nacionales o incluso escenas del descubrimiento y colonización de América bellamente grabadas.
Naturalmente, en cuanto eran sustituidas estas emisiones por otras nuevas, Seebeck limpiaba las planchas y comenzaba a producir reimpresiones de los sellos, que vendía al por mayor a una fracción de su valor facial. Así inundó los mercados internacionales utilizando todos los conductos comerciales a su alcance. El negocio duro varios años. Finalmente, la publicidad negativa afectó a su negocio y las reimpresiones cayeron en el descrédito. Todavía, un siglo más tarde, los llamados “sellos Seebeck” son sumamente comunes y nuevos, aunque los ejemplares circulados son raros. Las impresiones iniciales con validez postal pueden identificarse por el papel, más fino que el de las reimpresiones, así como por sutiles diferencias en las tonalidades de color, por el uso de tintas diferentes.

Una operación beneficiosa

¿Cómo fue posible un plan como el de Seebeck? La operación básica era extraordinariamente beneficiosa para los países, y resultaba tentadora sobre todo para los más pequeños y pobres del continente, sin medios propios para producir emisiones postales dignas ni presupuestos para encargarlas en el exterior. Igual que ocurre actualmente con muchos países en vías de desarrollo que confían sus políticas emisoras a agentes externos.
El hábito de producir emisiones nuevas de sellos en intervalos tan cortos, una vez establecida, era difícil de romper, y los países afectados continuaron haciéndolo pese a las protestas de la comunidad filatélica, incluso después de ser extoextinguidos los contratos con Seebeck. El regalo de los sellos a las Administraciones postales pronto demostró ser un caballo de Troya, pues llevaba en sí el germen de la destrucción y el descrédito filatélicos, como ocurrió con los sellos de esos países hasta muchas décadas después de despojarse de la perjudicial servidumbre de Seebeck.
El estigma de desprestigio filatélico y postal afectaría a otros muchos países, principalmente a Perú, Bolivia o Chile, que no habían tenido tratos con Seebeck. Para compensarlo y prestigiar sus emisiones, en las décadas siguientes hubieron de adoptar políticas emisoras muy moderadas, comparables a las de las principales naciones europeas, lo que aparece reflejado en sus sellos de aquel período.

Países latinoamericanos

Durante más de un siglo, el fantasma de Seebeck planeó como una miasma sobre la filatelia de los países latinoamericanos. Los coleccionistas han rechazado los sellos de esos países en sus álbumes y generaciones de jóvenes coleccionistas siguen contemplando con prejuicios los sellos de todos estos países a causa del desprestigio en que los sumieron Seebeck y los impresores norteamericanos que colaboraron con él. Hasta el punto que, hoy, el nombre de Seebeck forma parte del lenguaje filatélico como sinónimo de un tipo de sellos rechazables y de toda la operación ilegal que llevó consigo su producción.
Muchos se preguntarán si una operación como la que hemos descrito sería admisible en nuestros días. Aunque han surgido otras formas para defraudar al coleccionista poco avezado, la práctica de las reimpresiones fraudulentas o no autorizadas de sellos auténticos en la proporción en que la llevó a cabo Seebeck ha cesado virtualmente. La mayoría de los países, escarmentados, se aseguran de que las planchas queden a buen recaudo: destruidas, inutilizadas o conservadas en museos postales a lo sumo.

Fuente: Coleccionismo & Inversión